Anarko-Kapitalismo Salvaje



CHINO, COREANO... DA LO MISMO

Sunday, April 22, 2007
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Nadie recuerda nombres como Cho Seung-Hui. Suenan a restaurante de comida china. Vienen en las boletas de venta que te dan cuando compras chucherías en Patronato.

En una de sus rutinas televisivas el humorista que engañaba a su mujer, Alvaro Salas, preguntaba “¿ustedes saben cómo hacen los chinos para ponerle nombre a sus hijos?” Ante la mirada perdida del público, contestaba: “Tiran una olla por las escaleras y como suene la olla, así le ponen”. A continuación mezclaba sílabas absurdas, imitando el ruido del aluminio chocando contra los peldaños. Lástima que años después le haya tocado sonar a él, pero ese es otro tema y no viene al caso porque este no es el blog de SQP.

El asunto es que así suena Cho Seung-Hui. Como una olla rodando escaleras abajo. Pero Cho no es chino, sino surcoreano. Tal vez el surcoreano más famoso del mundo. Nadie sabe quién diablos es el presidente de Corea del Sur, pero todos saben quién es Cho. Ni siquiera cuando Kim Jong-il desafiaba a Bush con sus planes nucleares y aparecía todos los días en CNN, la gente lograba recordar cómo se llamaba.

Si Jong-il o cualquier desquiciado anónimo quiere convertirse en una celebridad, ya sabe lo que tiene que hacer. Pero no en cualquier país. Para que un atentado llegue a las pantallas de los hogares de cada rincón del mundo y en horario prime, debe llevarse a cabo en EE.UU. y sus víctimas ser ciudadanos norteamericanos. De otra forma la teleaudiencia global no logra sensibilizarse ni dimensionar lo terrible que es el derramamiento de sangre inocente. Un misil inteligente aliado entrando por la ventana de un hospital afgano quizás sea igual de macabro, pero no tiene el impacto mediático que sí tiene una matanza perpetrada por un extranjero en los predios del Tío Sam.

¿Qué vendrá luego de esto? La estigmatización de todos los ciudadanos asiáticos, quizás. Después del 11-S, usar turbante y rezarle a Alá era sinónimo de terrorismo. Cualquier musulmán era sospechoso de llevar kilos de TNT escondido en su barba o bajo su túnica y de tener planes diabólicos para acabar con miles de occidentales.

Ahora los ciudadanos de ojos rasgados estarán bajo la lupa. Incluso aquí, no falta el pelmazo que en tono de broma ha anunciado “La matanza de Patronato. En la CNN, un reportero informaba que se buscarían pistas de la conducta del asesino en la cultura de su nación de origen

Los muchachos tímidos y estudiosos que se masturban con hentai y no tienen más amigos que su pc, también se han hecho acreedores a las miradas desconfiadas de sus compañeros.

Y no sé a ustedes, pero a mí los nerds que escuchan Cradle of Filth siempre me han dado mala espina

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POST 11-S

Saturday, September 16, 2006

Hace dos días murió mi abuela y ayer fuimos a enterrarla. Por razones que no voy a detallar, siempre viví alejado de la familia de mi mamá. Mi abuelo lloraba junto a la tumba, seguramente recordando todos los malos ratos que le hizo pasar. Mis primos lo consolaban y le decían tata. Yo no sabía cómo llamarlo. Tampoco sabía si me iba a reconocer. De hecho no me reconoció hasta que me identifiqué. Le dije mi nombre, fuerte, porque a su 89 años es poco lo que escucha. Me dio un abrazo y me agradeció por haber ido. Yo le dije que quería verlo más seguido. El me respondió que no había ningún problema, que su casa era mi casa. Luego me contó que el doctor le había recetado tomarse un vasito de vino en el almuerzo, pero que el vasito cada día se iba agrandando más. Me reí mucho durante ese rato. El hombre que tenía problemas con el alcohol y que maltrataba a su mujer se había vuelto un anciano gracioso y querible. Al tata la lucidez le vino con los años.

Mis primos me mostraban orgullosos sus fotos con la abuela, y yo lamentaba no haber posado nunca junto a ella para la posteridad. No pude llorar por su recuerdo como los demás, porque no tenía recuerdos que llorar. Eso provoca una sensación extraña.

Cualquiera que haya ido a un entierro, sabe que el momento más fuerte es cuando finalmente el ataúd es colocado en la fosa. La hora del adios definitivo en que todo lo que no se dijo no se podrá decir nunca más. Después de eso sólo queda dar vuelta la hoja y seguir.

De regreso a la casa mi abuelo dejó de llorar y empezó a bromear a expensas de mi tío, que está cada día más pelado. Ya, péinate pa que nos vamos, dijo. Como si la tristeza por esa persona que se fue, durante un rato se hubiese convertido en la alegría por los que seguíamos aquí.

Y como uno en esas situaciones se pone reflexivo, empecé a preguntarme por todas esas personas que nunca pudieron enterrar a sus muertos. Todas esas madres que todavía no logran encontrar a sus hijos y que año tras año marchan con sus retratos, repitiendo las mismas consignas de hace más de dos décadas. Esas familias que han tenido que aguantar las burlas de un régimen democrático que capitaliza con votos el sufrimiento ajeno y que ha hecho de la impunidad un factor de estabilidad política. Para una democracia tan frágil, llamar a los asesinos por su nombre no es recomendable, y es mejor que sus cómplices hagan oposición y pontifiquen desde sus columnas de opinión. La impunidad fue la cláusula principal para una transición exitosa.

Entonces uno comprende que mientras aún exista gente capaz de justificar lo injustificable, seguirán habiendo barricadas y fogatas todos los 11 de septiembre. Que si los muertos que tienen que aparecer no aparecen, esas mujeres que viven atrapadas en el pasado sin poder dar vuelta la hoja, siempre tendrán una razón para salir a las calles a reclamar por justicia; que están en todo su derecho de gritar sus consignas gastadas, porque no puede haber perdón si no hay culpables ni olvido si hay un pasado que no han podido enterrar, que se empecina todos los días con salir a la superficie.

Algunos que parecen vivir en un mundo paralelo a este, se quejan que la historia la escribe la gente de izquierda, igual como los nazis dicen que la escriben los judíos. Insisten en que aquí hubo una guerra en la que murió gente de los dos lados, y no la matanza de un estado y sus instituciones contra civiles. Para ellos el ejército no se llena de deshonra al apuntar sus armas contra aquellos que se supone deben proteger. Para ellos no hubo torturas, hubo “excesos aislados”. Tampoco hubo golpe, fue “pronunciamiento”. Aquí se dio lugar la dictadura más democrática jamás conocida, y quienes murieron eran terroristas caídos en enfrentamientos. Esas escaramuzas ficticias que el Sr. Claudio Sánchez se dedicaba a cubrir con profesionalismo.

Hace más de 30 años, un presidente democráticamente electo, prefirió volarse los sesos antes de abandonar su cargo y traicionar a quienes lo habían colocado ahí. Y quien lo derrocó es hoy un anciano cuya obra modernizadora no le conviene recordar. El primero es sinónimo de consecuencia. El segundo usa pañales y está acusado por desaparición de personas, tráfico de armas y malversación de fondos. Y eso no es un cuento de la izquierda, es sólo que el tiempo se encarga de poner las cosas en su lugar.


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